Alfonso Parra

Antología Poética 1960-2010

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Compañía de maniobras

Una compañía está de maniobras

los soldados trapichean con las palabras

igual que las urracas con las cosas

miran distraídos, bajo las encinas

quietas, el cañón arrestado frente

al castillo. Algún soldado se dirige

al cielo y el subteniente quiere poner

con autoridad sus saberes: "En el cielo,

soldados, aparte de los cañones y el

tiro de mortero sólo habita

la valentía del águila Imperial:

se agarra por las venas y sube

y sube desde arriba se precipita

vertiginosamente, con la sangre llevándole

las alas. Atrás queda un espacio mayor

que una laguna, mayor que ese parte

de tierra que le da luz y la sostiene.

Y cuando se encuentra en lo más alto

pone el color de miedo en lo que mira

y refugia en sus garras los empeños".

Hay palomas que fingen

Hay palomas que fingen estar solas

y estropean su ruta y su destino;

su cansancio vuela tapando el aire

sin sobrepasar su lenta y extraña caída

con una flecha oculta entre las plumas

por el lado indeciso y largo de la guerra.

No hay sillares ni piedras que protejan

a un gavilán huyendo sin su sombra.

No hay carreteras limpias en su asfalto,

sólo caminos de tierra y nieve sucia.

Unos soldados voltean a los cuervos

con un fusil rastrero, envenenado

y maldicen la hora y la fortuna

por no haber caído muertos en combate

y tener que arrastrar la maldición

de mutilaciones frías, lentas y horrorosas,

entre una niebla que él sol no la estremece

El Test sobre la frente

A ver: no intentes tapar esa señal

que aparece de vez en cuando

en algún sitio; puede ser el pensamiento

que desviado azota firme las rendijas

y consigue marcar espacios nuevos.

Sólo cabe esperar que aparezca en

el tronco del árbol que estuviste

mirando el otro día; tocaste con la mano

su caricia y nace la perversión-:roto

el orden de organizar los elementos,

ponerlos siempre como si no fuera

posible otro destino u otro florecer.

Muchos años lleva el pensar hundido

y tiene que salir, recuperarse por el lado

más impensable, hostil y duro: la cabeza.

En vista de lo cual el capital

ordena a los soldados que no se

hagan el test sobre la frente.

Tu espalda de guitarra

Tu espalda de guitarra horizontal

como la tierra: campo de labios

y pecho destrozado por las cuerdas

que arañan con el deseo la rama

del centro y el agua fulgurante

del borde, donde los peces van

dejando anillas redondas a su paso.

Del cielo van bajando volteretas

de alas, picos tocando el arpa

entre las fiestas de colores del campo.

Aridez también cuando el invierno

aprieta con el frío los árboles derechos,

soledad doblada y la angustia

torciendo las miradas en la larga

distancia de la nieve, sin la lumbre

como la de ayer, que envolvía con

su velo de calor las mejillas y las

manos frías y las palabras frías como ahora.

El taller es un laberinto

El taller es un laberinto enorme

de cuadros y pinturas, con la tarima

desgastada del siglo XIX, donde

mi cuerpo que no deja de frecuentar el tuyo

te pasa al lienzo sin bocetos,

dejando el vivir perpetuando. Mientras

tanto, ¿qué ocurría en la comunidad?

Rincones, espacios incalificables, sucios

con vómitos en la escalera a las seis

de la mañana: botellas arañazos, sangre

no resuelta, más abajo en la calle el

desbarajuste: bares de copas que no las

quiere nadie a lo largo de todos los vecinos.

En la encrucijada otras calles; más abajo

el caos de los coches, gritos, ruido. En tanto,

para algunos árboles peor, que es lo que

pasa por vivir en Madrid.

Lo que cuesta dormirse

No sabes lo que cuesta dormirse

con las manos sin bolsillos,

por la noche. No tienes ni idea

lo que duele el que no haya

manera de dejar de pensar

en aquello, en el otro, en esto:

en mis rodillas hurgándote

los muslos. Y lo peor: no estar

sin ti. Ni puedes imaginar

las vigilia que supone dormirte,

al fin y seguir destrozando,

soñando con lo mismo.

Son los ritos sagrados

Son los ritos sagrados que rodean

las piedras y avasallan territorios:

los que engendran el miedo y lo sueltan

en las plazas, cerrando la saliva

de los vivos y empinando los capuchones

y los “pasos” que regatean el camino

de los fieles desde las maderas talladas

a tal fin. No hay descanso y la angustia

se pasea dentro de los costaleros y bajo

las aceras; los fieles llevan el cordón

que se muestra conforme con el pacto

de atarse, llueva o no al sufrimiento

liberado del pecado que esta en las

esquinas y dicen que también dentro

del alma, del corazón y las manos

que mienten si alzan los emblemas

rescatando señales que al final

no se acoplan a la norma.

Fantasía y sueños

Subir como las águilas y olvidar

estas tierras que llevamos tan dentro

que nos atan pero nos dejan volar,

con la cabeza llena de fantasías,

de sueños, con los pies en el suelo

y el horizonte junto a nosotros;

con la mirada que se quiebra y salta

como un cristal en mil pedazos.

Pero habrá que seguir con los Mesones

las Ventas, las Ferias, la “trata de ganado”,

con alguna maritornes en el pajar,

sin hacer ruido aunque sin poder dormir,

con la mañana otra vez en camino

a la autopista sin el amor logrado;

corriendo de aquí para allá, llegando

siempre tarde sin saber a dónde.

¿Y tú que te lo pasas tan a gusto

sin los asuntos de caballería, y no tienes

lo que hay que tener: no saltas las bardas

no enderezas entuertos. Y si ves algún

político ni le preguntas.

La luz de las paredes

Déjate ya, no estamos para cuadrar

clarividencias, ni letras; los números no

sirven no tampoco sirven los signos

marcados en la losa, esa pared que

se acuesta encima de la tierra.

Aunque no pueda ser, tú también

estas viva en mi y te levantas,

aunque no te vea ni sepa nada

de tu boca que abre las heridas y

pone por los ojos un baile de cenizas.

Y no quiero pensar que será de nosotros,

cuando ni siquiera pueda llamarte,

ni pueda verte porque el aluvión,

como ahora, no deje de quitar la luz

de las paredes y los tiempos caídos

no vengan a resucitar los calendarios.

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/ © Alfonso Parra Domínguez